Keiko y el gobierno de la 'paciencia' le pide moral a una PNP con desconfianza crónica y terminal
Opinión

Keiko y el gobierno de la ‘paciencia’ también nos pide moral para una PNP con desconfianza terminal

Editorial

Analizamos la realidad de Ica y el sur del país con los pies en la tierra y sin compromisos políticos.

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Decir que no todo es Lima cansa, pero seguimos repitiéndolo porque sigue siendo cierto: una muerte en Lima pesa más en la agenda nacional que diez muertes en provincia. Por eso desde Ica lo sentimos distinto. Vivimos en estado de emergencia por homicidios y extorsión en la provincia de Pisco desde enero 2026, y desde entonces el decreto solo se ha venido renovando: en marzo, en mayo, en julio. Siete meses después, nada ha cambiado nada. Lo único que sí cambia son las cifras de las transferencias que se habilitan con cada emergencia, porque mover plata con un decreto siempre fue más fácil que mover resultados de verdad.

Y hablando de resultados: a veinte días de gobierno, Keiko ya nos pidió paciencia. «No podemos dar resultados en 15 días, confíen en este gobierno», dijo el 12 de agosto. Explicó que lo primero que está haciendo es levantarle la moral a la Policía y a las Fuerzas Armadas. Moral, dijo. Pero la moral que de verdad le falta a este gobierno es otra: la de cumplir lo que ella misma prometió, que desde el primer día «el Perú iba a sentir la diferencia«. Lo buscamos y no la sentimos. Con esa promesa incumplida, Keiko ya mató nuestras propias expectativas.

Y no es cualquier institución a la que le está pidiendo moral. Menos del 30% de peruanos confía en la PNP, y el 94% de las denuncias por corrupción de todo el sector Interior caen sobre ella. En extorsión, es peor: apenas hay una condena por cada 76 denuncias. No es una policía desmotivada la que Keiko quiere levantar, es una policía con desconfianza terminal, y a esa se le pide fe.

Con ese panorama arrancó su gobierno, y aun así logró 60% de aprobación, según Datum. Suena bien hasta que se compara: es la segunda peor aprobación inicial entre los últimos seis presidentes electos, solo por encima de Castillo. Toledo, García, Humala y PPK partieron más alto. La Keiko que se dice querida por la mayoría apenas empató con el promedio bajo, y eso que, como medio de provincia, creemos que a un presidente se le debe juzgar por resultados y no por sesgo ideológico. Si de verdad nos devuelve la tranquilidad que alguna vez soñamos, no tendríamos problema en aplaudirla.

Filosóficamente sabemos que acabar con el mal es casi un imposible, pero el bien debería intentar dominar siempre. El problema es que basta con mirar a quién ha puesto a cargo para dudarlo: Astudillo, héroe de Chavín de Huántar con la sombra del gasolinazo todavía fresca. Jordán Brignole, nuestro chinchano reciclado, sentenciado por rendirse con bandera blanca en el Moqueguazo, reciclado ahora a sus 71 años. Y Arriola, condecorado pese a que nunca atrapó a nadie, convertido en la burla pública de Vladimir Cerrón. Esa es la moral que nos ofrecen.

Oye, la verdadera prioridad que prometió Keiko apenas entre al gobierino, era frenar las muertes, los asaltos, la extorsión a los transportistas, parece haber quedado en segundo plano. La presidenta ahora prefiere recorrer el país haciendo de «migajera», buscando que la quieran, que le regalen sombreros y recuerditos para el live. No es raro: Keiko se ha especializado en hacer campañas y pensándolo bien, es literalmente su única experiencia laboral. Gobernar, en cambio, es su primera chamba, y ya se le nota.

Aunque diga que va a entrar con la misma mano dura que presumía su padre, el dictador Alberto Fujimori, le recomendamos justamente lo contrario. Ya no estamos en los 90, estamos en 2026, donde todo se observa con lupa, hasta el mal aliento de un jefe policial se siente en cada rincón del país. Antes de pedirnos que confiemos en la moral de la Policía, que Keiko demuestre primero la suya.

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